Testimoniales

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Me quedé dormida con frío entre los pinos más altos de Oaxaca y envuelta en el humo de una fogata. Desperté cinco días después eufórica, con los brazos abiertos, casi sin ropa, con los pies adentro del mar. Creo que soñé con una bajada de mil metros entre maizales preguntándome cuántos campesinos habrán muerto intentado cosechar en tierras tan empinadas, con un cabrón dolor de rodillas, con una víbora tragándose una iguana, con la lluvia como regalo de la vida, con una avíspa picando una nalga, con calambres y risas y llantos y entrañables historias íntimas, con una cueva de murciélagos y pinturas rupestres, con un ojo de agua que nos limpió las heridas y nos transportó como dos cometas, o como dos raíces, con olor a cuerpo, a humedades, a tierras, a plantas y flores y maderas, con manantiales y huevos estrellados en hoja santa, con frijoles que saben a frijoles, con café aguado, con un manjar de plátanos tatemados y con tortillas de colores como las razas de las gentes, con un río en el que me senté a meditar y a pedir por mi abuela, por mi suegra, por mi hermano y por mis hijos.

Creo que soñé con el jardín más hermoso del mundo, y con la mujer que se enamoró de él. Soñé con Teresa, la mujer zapoteca que logró que la selva se rindiera a sus pies, que conquistó con su elegancia y su pasión ese pedazo de paraíso y con la civilización que todavía vive a través de ella. Con el México profundo, con las sombras de Comala, con la dignidad rebelde, con el amor negado entre Cortés y la Malinche. Porque eso es lo que descubre una con el espíritu crecido cuando despierta después de caminar ochenta kilometros por el camino a Copalita: la negación de lo profundo y la ilusión de lo imaginario.

La peregrinación es una invitación a la profundidad de México, o una provocación para hacer el único viaje que vale la pena: al interior de una misma.